Día a día, millones de mujeres son víctimas de maltrato y discriminación por amamantar a sus hijos e hijas en lugares públicos. Los medios de comunicación y las redes sociales han servido para evidenciar una serie  de denuncias: guardias de seguridad que expulsan a mujeres de centros comerciales por dar de lactar en público o las obligan a realizarlo en los baños del establecimiento, miembros de la policía que les ordenan cubrirse los senos y dejar de alimentar a sus hijos, miradas acusadoras y toda una serie de falsos consejos sobre el pudor y “normas de comportamiento”. ¡La doble moral de una sociedad que sanciona la vida y naturaliza prácticas que atentan contra ella!

En otras palabras: una sociedad que castiga amamantar en público pero festeja la exhibición del cuerpo femenino para vender todo tipo de productos mercantiles. En distintos lugares del mundo, estos acontecimientos generaron indignación y acciones de movilización para protestar contra la violencia. Como elemento simbólico se organizaron las llamadas “tetadas masivas” que consisten en la reunión de cientos o miles de mujeres en lugares público para amamantar simultáneamente a sus hijos e hijas. Una puesta en escena de la vitalidad de los cuerpos y la reivindicación del derecho a alimentar y ser alimentado en cualquier lugar.  Las personas que participan de este tipo de acciones manifiestan que los objetivos son denunciar la violencia, solidarizarse con las mujeres que han sido víctimas de este tipo de maltrato, generar conciencia sobre la importancia de la lactancia materna y finalmente romper los prejuicios sociales.

Ahora bien, ¿cuál es la importancia de la lactancia materna para las sociedades? En este punto cabe señalar que los datos demuestran que la leche materna es el mejor alimento para los lactantes y se encuentra directamente relacionado con la reducción de la mortalidad infantil en todo el mundo. Las cifras de las organizaciones internacionales son reveladoras.  Según la Organización Mundial de la Salud (OMS),  los niños y niñas que han sido amamantados con leche materna tienen seis veces más posibilidades de supervivencia. A su vez, los datos delPrograma de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), indican que si se incrementara la práctica de la lactancia materna se podrían salvar 1,5 millón de niños y niñas cada año en el mundo.

También es importante resaltar que el proceso de la lactancia tiene que ver con la construcción subjetiva, simbólica y el desarrollo biológico y psicológico de los niños y niñas. Además, las investigaciones científicas han demostrado los enormes beneficios tanto para el lactante como para quien amamanta. A los niños y niñas, la leche materna les aporta todos los nutrientes, anticuerpos y vitaminas necesarias para un desarrollo sano durante sus primeros meses de vida. Por su parte, para quien amamanta, el proceso de lactancia le ayuda a la disminución de la hemorragia posparto, reduce los riesgos de  cáncer de seno y útero, e incrementa la producción de endorfinas.

Entonces ¿de dónde viene la criminalización de amamantar en público?, ¿cuáles son sus raíces sociales y culturales?, ¿qué factores intervienen en la intervención del prejuicio? En este punto es importante mencionar que este fenómeno tiene que ver con la normativización corporal y una cultura que pretende esconder cualquier parte de cuerpo que tenga relación con la sexualidad humana. Además evidencia la operación de un sistema normativo caduco de una sociedad que históricamente pretendió que las mujeres permanezcan en el ámbito privado y las tareas del hogar. Por otra parte, existe también una visión de clase;  recordemos que en muchos países las mujeres de las clases medias y económicamente altas no daban de lactar directamente a sus hijos e hijas sino que contrataban “nodrizas” (la llamada “lactancia mercenaria”) para cumplir dicha función, ya que era mal visto entre los círculos sociales de la época. Incluso esta práctica que vino de las clases altas se extendió incluso a los sectores populares como parte del sistema productivo.

En Francia, lo que en el XVI era una práctica exclusiva de la aristocracia, se extiende en el XVII a la burguesía y alcanza en el XVIII a las clases populares: unas y otras mujeres dependen de la leche de pago, las de clase social baja para poder trabajar y las de clase alta para atender sus numerosas obligaciones sociales. En 1780, de 21.000 niños nacidos en París, 1.801 son amamantados por sus madres, 19.000 por una nodriza en el domicilio familiar, nourrice sur lieu, o en la inclusa y 199 en casa de una nodriza, generalmente en el campo.”

(Paricio, 2004, p.12)

Evidentemente alrededor de estos comportamientos sociales existían concepciones culturales acerca del cuerpo de la mujer. Muchos factores estuvieron asociados al rechazo de la lactancia materna: el ideal de la belleza, las modas de la época, la opinión pública, las tareas socialmente aceptadas para la mujer,  el estatus social, las presiones culturales, entre otros. En este sentido, amamantar se consideraba una función menor-incluso inferior-, que la debían realizar las clases bajas de la pirámide socioeconómica y social. Desde esta concepción, la lactancia era “animalesca” y por lo tanto debía estar confinada a las “nodrizas” y realizarlo en los domicilios o en los sectores rurales alejados de los centros urbanos. Nunca habría de realizarse en los espacios públicos.   Como argumenta Michel  Foucault en laMicrofísica del Poder: 

Es preciso en principio descartar una tesis muy extendida según la cual el poder en nuestras sociedades burguesas y capitalistas habría negado la realidad del cuerpo en provecho del alma, de la conciencia, de la idealidad. En efecto, nada es más material, más físico, más corporal que el ejercicio del poder.

(Foucault, 1980,  p 106)

Ahora bien, en el mundo contemporáneo todos esos elementos siguen vigentes en el imaginario social. A esto se suma la “lógica productivista” del capitalismo de consumo y las barreras para la conciliación del trabajo productivo con el trabajo reproductivo para las mujeres: mayores presiones laborales y domésticas, expansión del mercado de los alimentos-fórmula, los estereotipos mediáticos y sociales, entre otros.  Como se puede observar existen una serie de factores históricos, culturales y sociales que están ligados con las sanciones y censuras de la lactancia en público.

Por todo lo expuesto anteriormente, resulta fundamental avanzar hacia políticas para conciliar el trabajo productivo con el trabajo reproductivo de las mujeres, fortalecer las políticas públicas y programas para fomentar la lactancia materna, reducir  la desnutrición y la mortalidad infantil. No hay que olvidar que promoviendo la lactancia materna se podrían salvar 1,5 millón de niños y niñas cada año en el mundo. Por lo tanto, castigar o sancionar la lactancia en público es quitar el derecho del niño o niña a ser alimentado y el derecho a la madre de alimentar.  Resulta urgente avanzar a nivel legislativo para sancionar a quienes prohíban dar de lactar en cualquier lugar público y privado, o presionen a las mujeres a realizarlo en sitios inadecuados o en condiciones que atentan contra la dignidad. Por último, un llamado a toda la sociedad para apoyar y sumarse a los colectivos, organizaciones y mujeres que se han movilizado para crear conciencia sobre la lactancia materna y la soberanía de los cuerpos.

Nicolás Reyes Morales
Nació en 1987, ecuatoriano por su familia paterna, chileno por su familia materna refugiada en el Ecuador a causa del Golpe (11.Sep.1973) y la Dictadura Militar en Chile. Mano diestra para la escritura, ideas zurdas para el pensamiento político. Graduado en Psicología (PUCE) y Egresado de la Especialización en Planificación y Gestión de Políticas Sociales (UBA). Cuenta con experiencia de trabajo en temas sociales (violencia, derechos humanos, grupos de atención prioritaria), políticos (participación ciudadana, democracia, formación política) y culturales.

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