Artículo redactado para la Revista (H)Era

Con el anuncio de una joven lojana durante el gobierno de José Luis Tamayo de que ella votaría en las elecciones de 1924, aún cuando la normativa de la época impedía el sufragio a las mujeres, inició un camino nuevo para la historia democrática del Ecuador. Sin embargo, este acto de Matilde Hidalgo de Prócel, quien pasó a la historia por ser efectivamente la primera mujer en participar como votante en elecciones en Ecuador y pionera por el mismo hecho en América Latina, fue resultado de una reivindicación histórica de los derechos de las mujeres durante el gobierno del General Eloy Alfaro.

Pero Matilde llegó más allá, transgredió las normas de una sociedad pensada en el hombre como centro del sistema y se convirtió en doctora en medicina siendo además la primera mujer en obtener un título de tercer nivel en Ecuador, la primera en postularse a un cargo de elección popular y la primera, también, en ejercer la administración pública en su natal Loja, con el cargo de Diputada Suplente.

Poco después, en el marco de la Revolución Gloriosa de 1944, otra destacada mujer de la historia de nuestro país, Nela Martínez, asumió el gobierno ecuatoriano por varios días sin un nombramiento oficial. Tras la traición de Velasco Ibarra a los ideales que Martínez perseguía, decidió dejar de lado cualquier oferta de trabajo dentro del gobierno que la decepcionó. Nela fue la primera Diputada Nacional en el cargo principal y dirigiéndose a sus compatriotas el día de su posesión en el Congreso Nacional, afirmó: “Señores que mi presencia aquí signifique la voz de la mujer ecuatoriana, está aquí precisamente la voz de la mujer ecuatoriana a través de toda la historia, las mujeres que lucharon por conquistar la independencia del Ecuador, las que vivieron aquella época del colonialismo… La revolución liberal abrió el camino para que las mujeres ecuatorianas pudieran llegar a los colegios y a las universidades… las mujeres que luchan por el pan y la cultura, esas mujeres también presentes aquí en mi voz”.

Sin duda ellas y otras mujeres son el ejemplo de valentía por habernos abierto el camino a muchas otras para la participación electoral y el ejercicio de nuestros derechos, como hoy los conocemos. Su valentía debería ser una motivación general para alcanzar la igualdad real que garantiza la actual legislación ecuatoriana en cuanto a la distribución de los cargos de elección popular en el marco de la equidad de género e igualdad de representatividad.

Con esta premisa, sería normal considerar que las brechas de género entre las y los representantes populares se van acortando hasta llegar al cumplimiento de la ley, logrando un incremento significativo de la representación de la mujer. Sin embargo, las estadísticas demuestran lo contrario.

En 2015, el Consejo Nacional Electoral presentó el informe de “Indicadores de Participación Política de la Mujer Ecuatoriana”, con base a las elecciones seccionales de 2014, a partir del documento publicado en el portal web de la institución, me permito presentar las cifras que se presentan a continuación. Las votantes mujeres representamos el 50,1% del total del padrón electoral, es decir, superamos por 0,02% a los votantes hombres, por lo que en teoría deberíamos tener una representación numérica similar en los cargos de elección popular en los gobiernos autónomos descentralizados del país.

En las mismas elecciones fueron las mujeres quienes ejercieron el voto en un índice más alto que los hombres, pues de un total de 9’600.539 sufragantes el 51,1% de votantes fue de género femenino, mientras que el restante 48,9% representó al género masculino. 2,2% más de mujeres acudieron a las urnas en relación a los hombres del total de ciudadanos empadronados.

Sin embargo, a pesar de que el Código de la Democracia, vigente desde 2009 establece que los procesos electorales se regirán bajo los principios de equidad, paridad, alternabilidad y secuencialidad entre mujeres y hombres, tanto de principales como de suplentes para garantizar una participación equilibrada entre ambos géneros, las cifras del mismo informe revelan que los hombres ocuparon mayores candidaturas principales en las seccionales de 2014, imponiéndose en un 15,8% sobre las mujeres, quienes en ocasiones apenas fueron consideradas para el “relleno de la papeleta” con candidaturas alternas o en último lugar de la papeleta, en función de cumplir con el novedoso sistema de equidad. En total, de los candidatos principales inscritos para terciar por un cargo de elección popular en los sufragios citados, el 57,9% fueron hombres y apenas el 42,1% mujeres, aún cuando las votantes superamos a los votantes en los padrones electorales.

En el mismo informe se puede evidenciar que las cifras van aumentando a favor de los hombres y proporcionalmente disminuyendo para las mujeres, de los 116 candidatos a la prefecturas, 16 son mujeres y 100 son hombres. De acuerdo a los resultados electorales, solo dos mujeres 23 hombres resultaron electos. Es así que se evidencia que las propias electoras, desconfían de la representatividad de la mujer en el ejercicio de un alto cargo público.

Así mismo, los datos demuestran que las alcaldías continúan siendo un espacio de mando de los hombres, pues a pesar de existir una mayor participación femenina en las elecciones seccionales de 2014, apenas 147 mujeres se candidatizan para estos espacios y de ellas 16 se convierten en alcaldesas contra 1.054 candidatos hombres de los que 221 alcanzan a convertirse en alcaldes electos. Es un modestísimo 12,2% de representación femenina versus un arrollador 87,8% de representación masculina en los gobiernos autónomos descentralizados cantonales. Adicionalmente es importante especificar que todas las ciudades consideradas políticamente principales (Quito, Guayaquil, Portoviejo, Cuenca), son dirigidas por hombres.

Las diferencias van disminuyendo en la representación en otros cargos de elección popular terciados en 2014. En cuanto a concejalías rurales, existen 1.055 mujeres candidatas de las que son electas 109 y 1.410 hombres candidatizados de los que son electos 329 para el ejercicio de esas funciones. Sobre concejalías urbanas la historia es bastante similar, existiendo una imposición de los hombres sobre las mujeres en el ejercicio de estos cargos. Finalmente, en cuanto a vocalías de juntas parroquiales, los hombres electos son 3.056 sobre 1.023 mujeres elegidas en estos espacios de representatividad.

Las seccionales nos dejaron un problema de equidad abismal en la representación popular. Como resumen de todo lo dicho anteriormente es importante citar cifras duras que nos pueden parecer alarmantes: las mujeres electas apenas superaron la cuarta parte de los cargos existentes para los que las y los ecuatorianos fuimos llamados a las elecciones de 2014. Entonces caben las preguntas ¿Por qué si somos el 50,1% del total de electores empadronados, el 51,1% del total de asistentes a sufragar y registramos menores índices de ausentismo en el ejercicio del voto apenas estamos representadas por el 25,7% de mujeres en ejercicio del total de cargos de representación popular? ¿Por qué los hombres que representan una ligera minoría de ciudadanos, aún acaparan el 74,3% de estos espacios públicos? ¿Tiene que ver la ideología en la elección de representantes, sin distinción de su género o sigue siendo una conducta que emula la masculinidad como único capacitado para el ejercicio de un alto cargo?

Antes de aventurarme a dar respuesta a estas preguntas, pondré sobre la mesa otro dato importante, que es aún más preocupante que todo lo expuesto. A pesar de los datos expuestos, la participación política de las mujeres en el Ecuador está por encima del promedio regional de América Latina. Si en Ecuador es del 25,7% de representación, el promedio de la región es del 21%, por lo que la lucha por la equidad en la representación no es una tarea solamente de Ecuador sino del continente entero que ha basado su democracia en la figura de conductor masculino. Hemos construido un hogar en el que manda un hombre y repetimos ese paradigma a gran escala cuando acudimos a las urnas a elegir a nuestros mandatarios. Ese camino parecemos recorrer todos los pueblos de América Latina.

Lo que debería ser normal en la política, en Ecuador, Costa Rica y Nicaragua está obligado por ley. La normativa de estos tres países establece que las listas sometidas a los electores deben estar conformadas por un 50% de mujeres y un 50% de hombres, el resto de países del continente, aunque suene increíble, ha definido entre 20% y 40% las cuotas mínimas de participación femenina en una lista y otros no han establecido siquiera un piso para la participación de la mujer en la lid electoral.

Argentina, Chile, Brasil (a pesar del reciente proceso antidemocrático que terminó con el mandato de Dilma Rousseff) y Costa Rica han contado con la representación de una mujer al frente de su gobierno y otros países no logran despegar de los apegos al líder masculino. No sé si estamos listos para conocer a la primera presidenta oficial del Ecuador, sin embargo ya contamos con una representatividad femenina en la segunda Función del Estado, justamente las tres primeras autoridades de la Asamblea Nacional del Ecuador hoy son mujeres. Tal vez ese sea el primer y más importante paso para ir construyendo un camino que garantice que la igualdad formal plasmada en leyes se transforme en igualdad real dentro de la sociedad.

Ahora bien, ¿Cuáles son las respuestas a las interrogantes planteadas? Puedo creer que existen dos factores primordiales para la lectura de la realidad explicada. Por un lado, somos herederos de una historia de autoritarismo masculino. Los ciudadanos fueron siempre los hombres acomodados con bienes de apoyo a su status. Ser ciudadano era, contrario a lo que vivimos actualmente, un privilegio ganado con oro y plata. Es difícil vencer estos esquemas sociales, aún cuando las leyes vigentes establecen cuotas ideales de representación equitativa. Es un camino hacia delante el reconocernos como actoras protagónicas de la construcción de los sueños colectivos a través de la representación popular. La ley y su espíritu siempre tendrán que imponerse al menos para el cumplimiento de requisitos en la inscripción de un partido, pero pasa por las votantes asumir que aún cuando la norma es nueva debemos buscar la representatividad femenina e incrementar el número de mandatarias, es decir la cantidad de mujeres ocupando los cargos de decisión. Si nosotras elegimos a las y los gobernantes ¿Porqué no apostar por nosotras mismas? ¿Existirá un día en que la legislación regule un mínimo de candidatos hombres?

Por otro lado, el segundo factor para el bajísimo nivel de mujeres electas en Ecuador, es el nivel de postulantes para los cargos públicos. La representación femenina en los partidos políticos y en las papeletas electorales, deben ir acompañadas de propuestas reales, sinceras, necesarias y alejadas de la demagogia. Por eso, siendo mayoría en el padrón electoral, debemos ser analíticas y consecuentes a la ideología que creemos que nos representa al momento de decidir el voto. Hay que considerar entonces, que debemos caminar hacia dos tareas claras, involucrarnos en los roles sociales y políticos para la defensa de los derechos colectivos y de género y exigir una mejora constante a las mujeres que ya están en la política para sentirnos bien representadas por ellas.

Poco más de medio siglo ha pasado desde que Matilde Hidalgo depositara en una urna el sueño de muchas mujeres, un poco menos de tiempo desde que la valiente Nela Martínez tomara su lugar en una curul de la Función Legislativa, hasta hoy en que Gabriela Rivadeneira ejerce la Presidencia de la misma Asamblea Nacional. Sin embargo falta mucho por recorrer y queda mucho por construir para considerar que somos parte real de la vida política del Ecuador. Llegaremos un día a elegir a una Presidenta de la República, sin verla como una dulce mujer de cuerpo perfecto o estereotipos sociales, sino como una representante de las necesidades de todas y todos los ciudadanos, en una plataforma de igualdad real con los hombres.

En 2004, en una de sus últimas entrevistas, realizada por Diario La Hora, Nela Martínez fue cuestionada sobre el rol actual de la mujer en la política, ante lo cual ella respondió “Con posibilidades mayores que las que tuvimos anteriormente, pues conseguimos organizarnos y darles el concepto de la dignidad para que lucharan por aquellos derechos de pensamiento y de acción”. No podemos entonces darnos el lujo de retroceder en las posibilidades que nos heredaron las Manuelas, Dolores Cacuango, Tránsito Amaguaña, las propias Matilde Hidalgo y Nela Martínez de reivindicarnos como mujeres constructoras de nuestro destino y de los sueños colectivos. Seguir su ejemplo es un deber moral de cada una de nosotras, ese 50,1% de votantes con capacidad de decidir quién nos gobernará a todas y a todos.

Viviana Paredes
Abogada quiteña. 27 años. Dirigente estudiantil y activista política desde los 14. Asesora en comunicación política, escritora de opiniones y temas de coyuntura social, locutora de radio y miembro del Colectivo de comunicadores Espejo Libertario. Tal vez la recuerdes de los tweets que salen de la cuenta @VivianAssange "Endurecerse sin perder la ternura"

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