Ya no recuerdo qué año era cuando mi familia y yo supimos que mi papá había sido secuestrado en los Llanos colombianos. No tenía edad suficiente para comprender la magnitud del hecho, pero sentía que unos hombres tremendamente malos habían sido capaces de arrebatarme lo que yo mas quería.

Años después, una de “las primas grandes” se enfilaba en la guerrilla. Dicen que “era muy rebelde, no se quedaba callada”, y que eso en el monte se castiga. Hace unas semanas fue identificada, murió en combate en el 2002.  Más tarde recibíamos la noticia de que una de mis tías abuelas más queridas, reconocida comerciante, había sido asesinada en el Bajo Putumayo con dos tiros, y que por temor las autoridades locales responsables se negaron a hacer el levantamiento del cuerpo. Sus mismas hermanas, con ayuda de algunos capataces, tuvieron que hacerlo.

Ya más grande, cuando estaba en el colegio, en la capital colombiana, en donde la mayoría de la gente siente a la guerra tan ajena, hombres encapuchados se subieron a la ruta escolar para llevarse a una de nuestras compañeras y pedir un astronómico rescate para liberarla. Un año después pasó a engrosar la lista de más de 6 millones de víctimas de la violencia, en más de medio siglo de conflicto armado.

Mi objetivo no es hacer el recuento de la historia de mi familia pero sí evidenciar que no existe un solo colombiano o colombiana que no haya sido víctima de la violencia, entendida más allá del conflicto bélico. Inclusive aquellos que desde las urbes votaron NO en el plebiscito por el Acuerdo de la Paz entre el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc).

Y ser víctima en Colombia no es únicamente ser parte del listado de los 6 millones de víctimas; los 5.712.000 desplazados; los 150.000 casos de sicariato; las 25.000 desapariciones forzadas; o las 12.000 personas muertas en masacres, como falsamente cree una gran mayoría del pueblo colombiano. Ser guerrillero y ser pobre en Colombia también significa ser víctima.

No crean que existe un gen del mal que proliferó únicamente en Colombia, o que la cultura del dinero fácil tiene asidero porque los colombianos somos unos vagos con gran ingenio para los delitos, tal y como se ha vendido en las “narconovelas” con las que la mayoría de la población, especialmente extranjera, cree haber entendido nuestra cultura. Nada más alejado de la realidad.

Las ideas fundacionales proclamadas en Marquetalia en 1961 por las Farc fueron completamente legítimas, en especial aquella que abogaba por una efectiva Política Agraria Revolucionaria que cambie de raíz la estructura social del campo colombiano.

El conflicto armado colombiano no es producto de una disputa bélica entre grupos armados o una guerra territorial por el control de las rutas de la droga -pese a que haya adquirido esas características después-, el conflicto armado y la violencia son producto de la perpetuación de un modelo excluyente con gobiernos cuya figura ha sido la de buenos administradores del poder de las élites, de un país que apalanca su desarrollo en el beneficio económico de unos pocos, a costa de la vida y la dignidad de los más pobres.

No en vano los muertos de los falsos positivos del ex presidente Álvaro Uribe eran jóvenes de las áreas más deprimidas del país ¿Quién iba a atender el reclamo de una madre pobre? ¿Dónde encontraría eco su tristeza? No en los medios monopólicos, mucho menos en una justicia maniatada, o en unos dirigentes indiferentes ¿O por qué no disfrazaban con camuflados y botas a los ricos del país, para hacerlos pasar por guerrilleros muertos en combate?

Colombia hace parte de muchos otros países de América Latina en donde se replica un modelo neoliberal de exclusión, tal y como funcionaba el Ecuador tan solo una década atrás. Así como las élites expulsaron 3 millones de ecuatorianos con el feriado bancario y se burlaron siempre de los más humildes, las élites transformaron a Colombia en uno de los mejores exportadores de desplazados y refugiados.

En Colombia hemos vivido tanto tiempo en la burbuja de la violencia que perdimos la capacidad de reconocer que el desprecio a los indígenas, a los campesinos, que los condena a la trampa de la pobreza que alcanza casi el 30% en Colombia, con riesgo de que otro 36% caiga nuevamente en ella; que los niños que se mueren de desnutrición en la Guajira, mientras sus dirigentes se roban dinero a manos llenas; que solo el 30% de los jóvenes acceda a la educación superior (los que tienen con qué), de la que desertan el 50% por condiciones económicas; que la gente todavía se muera en la puerta de los hospitales o en ambulancias porque no tiene un peso en el bolsillo (los noticieros lo han convertido en una crónica denominada El paseo de la Muerte), también son evidencias de un país enfermo de violencia, en donde los derechos son vendidos y comprados.

¿No les parece esta historia familiar? ¿La Colombia de hoy no es igual al Ecuador de 10 años atrás? ¿Qué dirigente ecuatoriano creía que los indígenas tenían derechos? ¿Que las empleadas domésticas eran personas con aspiraciones legítimas? ¿Que sí valía la pena invertir en los más pobres? Ecuador sí lo entendió. Nosotros todavía no.

Miren qué contradicción: en Colombia el voto es facultativo y el servicio militar obligatorio. Los pobres deben ir a la guerra – so pena de no tener cómo pagar la libreta militar- que a los poderosos les interesa mantener, y que a los indiferentes que se oponen a la paz, les da lo mismo perpetuar.  En Ecuador los pobres van a Harvard, a MIT.

Con el Acuerdo de Paz con las Farc o el proceso de paz con el Ejército de Liberación Nacional (ELN), -del cual Ecuador es sede-, no nos jugamos únicamente la dejación de las armas o el cese al fuego, sino la oportunidad de pensar en un país en donde las relaciones de poder sean construidas de forma diferente, y en donde las relaciones políticas dejen de construirse desde el radicalismo y la ponderación del capital y del mercado, como ha sucedido desde nuestra fundación como país.

Las realidades colombiana y ecuatoriana, cada una con sus especifidades, no eran muy distintas. Ambos fuimos hijos de la exclusión y el egoísmo. Fue la voluntad política o la ausencia de ella la que cambió nuestros destinos. Tenemos mucho que aprender de nuestro hermano Ecuador.

En Colombia los ricos no pagan impuestos, -tal como pretenden ahora Lasso y Viteri en Ecuador-, la tierra está concentrada en poquísimas manos. Vivimos la misma situación de desigualdad hace siglos porque no ha existido la voluntad política de reducirla, y aquellos que se han atrevido a desafiar la costumbre han sido asesinados. La política es sinónimo de privilegios, negocios y de unos cuantos intocables bolsillos gordos.

¿Cómo cambiar desigualdades enquistadas en lo más profundo? Con voluntad política para establecer políticas sociales permanentes, sin asistencialismos, que los bonos no sean el sinónimo de la política social y vayamos más allá; educación gratuita de calidad, y garantía en el acceso a la salud.

Además de obras pensadas para la gente, para que el pobre saque sus productos del campo, y no para que el rico engorde sus terrenos dedicados a la ganadería extensiva. Una verdadera reforma tributaria en la que los ricos paguen más, y los pobres menos, pero paguen, siempre de acuerdo a sus capacidades.

No sé a ustedes, pero lo anterior me suena a la fórmula ecuatoriana que hoy ha logrado que 2 millones de ecuatorianos dejen de ser pobres. No miren tan lejos, tienen un terrible espejo del otro lado de su frontera norte. Nadie vive de zapatos y electrodomésticos más baratos, que a veces parece el sueño de muchos ecuatorianos. Ustedes ya tienen un país mejor, y aunque a algunos no les guste, esto tiene sello propio y se llama Revolución Ciudadana. Gracias Presidente.

 

Foto: Revista Semana

Daniela Pacheco
Orgullosamente colombiana. Residente en Ecuador o donde la Patria Grande lo necesite. Comunicadora Social y Especialista en Proyectos para el Desarrollo. Sobreviviente a la influencia de la Derecha en su país. Dice que en la Izquierda encontró la verdadera salvación.

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