En América Latina existe una izquierda confundida. Antes de las elecciones presidenciales en Ecuador, esa misma izquierda reafirmaba que estaba por acabarse el ciclo progresista.

Son ellos también los que se hacen a un lado a la hora de defender al legítimo gobierno del Presidente Nicolás Maduro que enfrenta una nueva arremetida de la asesina derecha venezolana.

La izquierda confundida es resultante del aburguesamiento de la dirigencia, la absoluta falta de autocrítica, el distanciamiento de las calles, la deshidratación de sus mismas organizaciones de base y la incapacidad de construir una nueva generación de líderes que no solo puedan ganar elecciones, sino que tengan clara su responsabilidad con un proyecto político y el compromiso con la historia. Y la buena mar para el progresismo, ya pasó.

Ahora que la situación económica mundial es muy adversa a las economías primario exportadoras, además del desgaste generado por los errores de gestión, se creó un ambiente muy negativo en cada uno de los países progresistas. Para democracias donde existen sistemas electorales asimétricos por el poder económico, jamás existirá un punto de no retorno político que haga irreversible las conquistas sociales. Esta coyuntura permite la peligrosa proliferación de esa izquierda confundida concesionaria de derechos sociales y conquistas funcionales a las fuerzas más conservadoras, dando un aire disque progresista a lo que es un retroceso.

En diciembre de 2016, el Comandante Daniel Ortega ya había arrasado en las presidenciales de Nicaragua con más de 70% de los votos válidos avizorando que el avance electoral de las fuerzas conservadoras en América Latina ya había parado el sangrado generado por las derrotas electorales en Argentina, Venezuela y Bolivia. Era la  confirmación de que ya no había un fin de ciclo progresista.

A partir de la victoria electoral de Lenín Moreno, esa misma izquierda confundida comenzó a tranzar con las empresas de comunicación. El guiño de ojo de ciertos sectores de AP a la derecha fue una maniobra política para supuestamente, “distensionar” el ambiente del país, en una clara lectura política muy limitada que no ve más allá del humo de un par de esquinas con llantas quemadas por una docena guarimberos pagados por el derrotado Lasso.

Una segunda opción, aunque me cuesta creerla, es que la izquierda confundida inició una operación de giro político hacia la derecha.

Se ganó la elección de manera legal y legítima, punto. Así como en Venezuela. La conducta de los sectores confundidos de Alianza PAIS, reconfirman un texto de mi autoría que señalaba: “ganamos las elecciones, y perdimos en la disputa política.” Esa misma maniobra en contravía, hacia la derecha, la presencié en Brasil, realizada por la ex Presidente Dilma Rousseff. Su reconocida limitación política permitió que ella traicionara a las bases del partido que la eligió, la agenda en la defensa de las conquistas sociales, y el manejo de la economía que protegiera al trabajador. Ella creía que la centro derecha le daría gobernabilidad, y fue la centro derecha la que operó su destitución.

El Estado es para todos, pero se gobierna con quien te dio la victoria. Con esa base popular se define cómo se debe dialogar con las élites mercantiles. No serán las empresas de comunicación, la banca ni la aristocracia bañada de intelectualidad las que saldrán a las calles a defender un legado que posicionó al ser humano sobre el capital. Fue la gente de a pie que salió el 30S en Ecuador y el 13A en Venezuela y le pusieron el pecho a las balas. Vale recordar que cuando Dilma fue destituida ilegalmente, tenía apenas el 7% de apoyo, es decir, ni siquiera el apoyo del núcleo duro del Partido de los Trabajadores (PT).

Asumo el riesgo por no afirmar con rigurosidad académica de que entramos en una cuarta fase del progresismo en América Latina –posterior al Triunfo de la Revolución Cubana (1ra Fase), la primera victoria electoral del Comandante Chávez (2da Fase), el fallecimiento del Comandante Chávez (3ra Fase)– donde el riesgo de la derrota electoral y el debilitamiento de la movilización social de izquierda no está en una supuesta nueva arremetida de la derecha, sino en la misma izquierda confundida que deberá dar continuidad a la revolución progresista. Llámese “guerra de cuarta generación”, “golpe blando”, “guerra de baja intensidad”, “nuevo plan cóndor” o “restauración conservadora”, esa nueva epistemología de la contraofensiva hacia el progresismo, se ha transformado peligrosamente en una muletilla de los gobiernos y movimientos progresistas para impedir el avance y la profundización del debate político interno, así como los procesos de autocrítica, indispensables para mantener los proyectos políticos de izquierda a la vanguardia.

Para los confundidos en un momento económico mundial difícil, es más fácil echar tierra sobre el progresismo para que la nueva clase media incluida al mercado de consumo, que dejó de ser pobre gracias a ese mismo modelo, no genere mayores reclamos. Es más fácil retroceder que aceptar la falta de educación política y de bases sociales fuertes, que no supimos sembrar con el pueblo.

Desde la llegada de Colón América Latina hasta las primeras independencias en los años 1820, fuimos el botín de Europa. En 1826 cuando Estados Unidos robó la mitad del territorio a México, los norteamericanos asumieron el papel de metrópoli, financiando y coordinado la violencia y la desestabilización en todos los países que están en la otra orilla del río Bravo. No ha habido una sola mañana, en ningún rincón de América Latina donde la influencia militar, económica y cultural de los Estados Unidos no se haya hecho presente. Y así continuará por siempre. Vivimos en el período más largo desde hace más de 500 años en que la mayoría de los países del continente fueron gobernados por amplias masas de movilizaciones sociales y populares. Estamos luchando aún por vencer la segunda independencia del continente, siempre seremos una amenaza. El enfrentamiento es inevitable. Creer que podamos tranzar con esos poderes es un error. Una de las principales variables que nos permitió instalar una narrativa política progresista en el continente fue la decisión de enfrentar esas fuerzas hegemónicas. Creer que ceder a sus representantes criollos en momentos de presión, es la certeza de entregar de rodillas todo lo conquistado.

Amauri Chamorro
Lleva a Corinthians y a sus convicciones en el corazón. Master en Comunicación Política por la Autónoma de Barcelona. Ecuatoriano brasilero, estratega, comunicador pero aún así un buen tipo. Caminando por toda América Latina ayudando en nuestra segunda y definitiva independencia. Cree firmemente que la autocrítica es un eje fundamental de los procesos progresistas. “Aún estamos aprendiendo”.

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